¿Es posible hacer tribu?

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Cuantas veces habré dicho que es necesario hacer tribu, que os unáis, ayudarnos entre todas. Todas esas veces pasa inevitablemente por mi cabeza una nube negra cargada de realismo con el pensamiento fugaz pero contundente de que es muy difícil cuando no imposible. Es así.

La organización de nuestra sociedad impide en gran parte esta unión necesaria. Trabajos agotadores que apenas nos permiten sobrevivir, si trabajas por cuenta ajena estás sometida a unos horarios implacables y un sueldo miserable, si trabajas por cuenta propia los horarios invaden tu vida y te ahogan con impuestos (está todo muy bien pensado para que los de abajo siempre permanezcamos abajo). Si trabajas en casa, ya sea conciliando o criando sin trabajo remunerado, estás en las mismas. Falta de tiempo, falta de dinero, falta de energía por agotamiento. Romper la comunidad es una estrategia infalible para mantenernos sometidos pensando que cada cual debe ir a lo suyo y hacer lo que pueda. No nos damos cuenta de que a veces, si logramos encontrar hueco para estos encuentros, el agotamiento disminuye. No se trata de una actividad más que sume cansancio, es algo que nos libera.

Otras veces no llegamos a quedar porque tenemos miedo de lo que nos vamos a encontrar. A veces son diferencias en crianza, tenemos miedo a lo que puedan ver o sufrir nuestros hijos. Aunque depende de lo que sea (evidentemente si es gente que por ejemplo pega a los niños no es buena cosa) en la mayoría de los casos son pequeñas diferencias que o no significan tanto o incluso los niños ni se dan cuenta de ellas (nosotras si, y seguramente tengamos que bajar ese listón que nos hace sufrir tanto y nos aísla). Siempre evaluando lo que sea, si es importante o no y el grado de posible afectación, hay que ver si quizá nos compense más relajarnos, hacer pequeñas vistas gordas y llegar a quedar.

En ocasiones lo que ocurre es que los niños tienen diferencias entre ellos. Aquí habría que ver si se trata de conflictos más que normales entre niños, siendo habitual que seamos los adultos los que los llevamos tan mal, o realmente hay desavenencias insalvables.

También puede ser que tengamos miedo a vernos con otras personas del entorno respetuoso porque tememos que nos juzguen (o a nuestra orientación sexual, etnia, etc). Esto es algo que jamás debería ocurrir. Hay gente para todo, quien necesita denostar al otro para suplir sus propias carencias o para justificar sus propias malas acciones con quienes son criticados (y si no hay nada que criticar, se lo inventan, con lo cual con más motivo: relajaos, que si os cruzáis con esta gente os va a dar lo mismo lo que hagáis). Otras veces son miedos nuestros, situaciones que realmente luego no se dan. Nuestro miedo a ser evaluados y criticados (no en vano lo hemos sufrido durante mucho tiempo de niños), que nos juega malas pasadas y quizá ese miedo al juicio resulta que lo tenemos varias personas sin ser real, evitando eso que podáis quedar. Hablad de ello, a ver si resulta que efectivamente estáis varias con lo mismo. Y no lancéis imágenes de crianza de escaparate inexistente, lo que más nos ayuda a relajarnos es hablar de esas meteduras de pata que nos hacen humanos. Os podéis ayudar, mucho. Dejad de tener miedo a mostrar que vuestro hijo quizá no juega con juguetes de madera (¡igual hasta os pide el móvil!), no come ecológico, a veces se enfada o se defiende, o que nosotras no hacemos ni por asomo crianza de libro, o no damos el pecho, o perdemos la paciencia como seres humanos que somos.

A veces el motivo es tan simple como condicionante: el lugar donde vivimos. Podemos vivir lejos, o vivir en una zona en la que haga mucho frío, mucho calor, llueva con asiduidad…en cuyo caso se trata de buscar esos espacios que pueden permitirnos la reunión, o hacer tribu virtual, que nunca es lo mismo, pero hay veces que no queda otra (imaginad por ejemplo alguien que vive en otro país en el que no habla el idioma). Podemos acabar de tener un bebé, en cuyo caso no necesitamos visitas, sino que nos cuiden, que nos lleven comida, que nos solucionen lo logístico.

En otras ocasiones las agendas no cuadran, y nos pasamos meses intentando que todas, o casi todas, podamos quedar. Al final no se produce el encuentro nunca. Pero si sólo conseguís acudir a la cita dos o tres personas, el objetivo está cumplido, no es necesario que podáis todas.

Otro motivo es ser profesional del mundo crianza. Aquí yo me desahogo un poquito, pero también espero que os sirva a los profesionales que leéis. Uno de los dramas de los que nos dedicamos a esto es que la falta de contacto general hace que no podamos ir a reuniones sociales sin tener que poner límites, porque la mayoría de la gente nos pregunta cosas sobre crianza o sus hijos aunque estemos intentando relajarnos fuera del trabajo. Es muy cansado. Otro de los motivos que nos aíslan es que inevitablemente tratamos con todo tipo de personas (que quizá ni conoces directamente, ya sólo con ser visible en redes ocurre) y a veces estas están muy dañadas. Tanto que proyectan en nosotras necesidades de incondicionalidad inalcanzables, toxicidades varias, hostilidad por no dejarte mangonear, falsedades con intereses ocultos, etc. También encontraréis “vampiros” que cogen (porque confunden cooperar con esto), piden, chupan todo lo posible y más allá, para luego maltrataros. El punto anterior de ser juzgados respecto a crianza (o cualquier otro aspecto), ya sabéis que como profesionales os lo podéis aplicar, pero elevado al cubo. Nada le gusta más a la gente dañada o con intereses ocultos que algo a lo que agarrarse para dañar, aunque sea tergiversado o inventado. Con la gran mayoría de personas con las que te relaciones no podrás desahogarte, porque o bien piensan que eso sólo funciona en un sentido (el suyo, claro, aunque la relación no sea profesional), o lo que quieren son tus intimidades para airearlas. Si, el panorama está muy negro, pero se puede hacer tribu. A lo mejor seleccionando mucho más que el resto de personas que no se dedican a esto, pero irán apareciendo esas personas especiales con capacidad de ver al otro, que os tratarán como a un ser humano, sin intentar haceros consulta gratis, escuchandoos si lo necesitáis, hablando de temas que no tienen que ver con tu trabajo (¡por favor!), de tal modo que estés con un pequeño grupo en relax, no sintiendo que estás en un taller. Ireis encontrando a estas personas, están, existen.

No se dan sólo estas trabas. También podemos pensar que no nos merecemos ser escuchadas. Podemos pensar que molestamos al resto con “nuestros rollos”, sin caer en que quizá el resto esté pensando lo mismo y si contamos lo nuestro les ayudamos a descargar lo suyo. Podemos tener interiorizado que estamos solas y es lo que nos merecemos, que no merecemos nada bueno. Podemos tener miedo a la gente, permaneciendo en un agotador estado de alerta, porque nos han hecho muchísimo daño y queremos protegernos. O que tengamos la necesidad de ser el centro de atención y al no poder copar el grupo lo dejemos. O que nos sintamos incomprendidas sin que ocurra (lo cual no quita que pueda pasar realmente). Así muchos motivos que quizá no tengan que ver con ese grupo concreto de personas que evitamos, sino con lo que hemos vivido anteriormente. Es normal, según lo vivido, sentir estas cosas. Tampoco se puede forzar el proceso personal de los demás, si no desean trabajarlo (a veces incluso acudiendo a terapia no se quiere trabajar), ni siquiera es de recibo decirles algo de esto por las buenas (más si ni nos lo han pedido, ni son pacientes). Pero si alguien es consciente de que algo de esto (o cualquier otra cosa) le puede estar ocurriendo, quizá el quedar con gente medianamente saludable pueda ayudarle a sufrir un poco menos o a comenzar a ver las cosas de otro modo.

Vivir en comunidad nos ahorraría muchos problemas derivados de este modo de vida individualista y en soledad. Pensad en todo lo que cargáis día a día por el mero hecho de estar solas. Vivir en tribu es casi imposible en este mundo lleno de gente herida con una convivencia posiblemente explosiva. Al menos intentemos hacer tribu de vez en cuando. Marca, y mucho, la diferencia. Si conseguimos ir diferenciando a las personas con las que es posible de las que no (incluyendo alguna torta que nos peguemos por el camino), si conseguimos que nuestras defensas dañinas no se fortalezcan en el discurso interno de que “todo el mundo es así, no merece la pena” y sabemos ver que hay de todo en este mundo y mucho de ello muy bueno, estaremos más cerca de ese sostén que todos nos merecemos.

En la inmensa mayoría de mis consultas aparece el problema de la falta de tribu como algo a solucionar (entre otros temas). Y siempre os digo: Si estáis todas igual, solas, ¿Por qué no quedáis? Con mayor o menor frecuencia o cantidad de gente, con gente diferente si la cosa no cuaja con otras personas, pero, al final, aunque sea difícil, normalmente se puede. Es necesario.

Laura Perales. Psicóloga y madre.

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