La invisibilización de las madres

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Desde tiempos inmemoriales las mujeres (y la maternidad) han sido rechazadas como parte de un potente inconsciente colectivo que busca destruir lo vivo, la sexualidad femenina saludable, la diada madre-bebé. De aquellas sociedades primitivas de corte matrifocal que nos permitieron sobrevivir como especie al fomentar la vivencia en tribu y el cuidado de las madres, no quedan apenas vestigios. Amplia evidencia arqueológica sustenta la existencia de estas sociedades pacíficas y como fueron barridas cruelmente por el patriarcado, como podemos ver en las investigaciones llevadas a cabo por Casilda Rodrigáñez Bustos plasmadas en toda su obra. Citando a Casilda:

“La principal característica de la civilización patriarcal es el quebrantamiento de la función materna, eliminar la figura de la díada original, como elemento básico de la humanidad. La correlación entre la dominación y la quiebra de la maternidad está reconocida en los mitos fundacionales del Patriarcado. La sumisión del ser humano y la quiebra de su dignidad exigen que no se desarrolle el amor primario.”

Estas sociedades maternales basadas en la cooperación, la preservación de la diada madre-bebé y el respeto por la sexualidad se corresponden directamente con la salud mental. Hay una correlación inversa entre placer y violencia, en cómo trataban estos temas estas sociedades, si eran violentas o no, y en qué medida. Nos jugamos mucho.

Pero una vez instauradas las relaciones de poder, va generándose este insconsciente colectivo que destruye toda manifestación de vida y de lo femenino. Y si además combina ambas cosas al hablar de maternidad mamífera, esto se recrudece con fuerza. Hace siglos encontrábamos entre otras cosas los mitos y leyendas, los supuestos héroes que salvaban a la doncella de su propia sexualidad palpitante en forma de serpiente o dragón, para obtenerla como trofeo (lo cual ha desembocado en el “amor romántico”). La quema de las brujas, símbolo de la sabiduría femenina, de la sororidad, de la rebelión. La mujer señalada como fuente de todo mal, ya desde que cogió aquella manzana, fruto prohibido, placer, “incitando” a Adan a comerla. Y el la come, pero es que la mala mujer le incitó con la manzana, con la vestimenta, con que iba bebida, con que iba sola de noche por un lugar oscuro. Sin Adanes nadie violaría a esas Evas que visten como les viene en gana con todo su derecho, ni aunque fuesen desnudas, pero la culpa siempre será de ellas cara al resto.

Ahora nos dicen que las cosas han cambiado. Que vivimos en una sociedad supuestamente igualitaria donde el machismo es visto como una lacra. Nos encontramos en un momento de represión normalizada, a veces muy sutil, y por lo tanto más peligrosa. De destrucción de modo ladino, sibilino, desde las buenas palabras, la manipulación. Lenguaje que pretende borrar a las mujeres, madres como Juana Rivas que son destrozadas por el sistema patriarcal por osar desafiar la ley del padre (esperemos no tener que lamentar que el maltrato que ya sufren sus hijos no acabe fatalmente), custodias compartidas impuestas pasando por encima de la salud de los hijos (incluso en situaciones de violencia de género, o casos en los que el padre que siempre se ha desentendido de los niños la pide sólo para no pasar la pensión alimenticia), el inexistente Síndrome de Alienación Parental elaborado por un pedófilo para sus clientes pedófilos (sin base científica alguna y que ¡oh casualidad! siempre es ejercido por parte de la madre), algunos casos de retirada de custodia, años infructuosos de peticiones de aumento del permiso por maternidad para en un suspiro hablar de aumentar los paternos desde la “igualdad” (y sin escuchar a una sola madre para ello) o de guarderías desde los cero meses “para conciliar” (siendo todo lo contrario), vientres de alquiler (de nuevo disfrazados de “derecho a elegir”), in-justicia patriarcal en casos como el de “la Manada” y similares, pornografía, prostitución (vendida deplorablemente como derecho a elegir, mientras que la maternidad si elegida se presenta como “esclavitud”), por no hablar de la triste normalidad de la violencia obstétrica y todo el entramado de maltrato y ruptura diádica, violencia machista, violaciones, etc, siempre retorcidas para acabar culpando a la víctima.

Todo esto es parte de ese mismo inconsciente colectivo que forma el entramado patriarcal en el que intentamos sobrevivir desde hace tantos siglos. Los mismos que quemaban a las brujas son los que ahora señalan a Juana Rivas. Pero el patriarcado además toma ahora formas sibilinas, disfrazadas, que se cuelan por las rendijas e incluso son apoyadas por las propias víctimas cegadas, engañadas. Es el caso de las nuevas formas patriarcales de represión de la mujer y la maternidad encarnadas mayormente en tres estrategias:

-El llamado “feminismo” antimaternal, que no es más que machismo (el feminismo es muy necesario, esto no es feminismo) diciendole a las mujeres lo que deben hacer y sentir, menospreciando nuestra libre elección de ser madres, disfrazando de liberador la sumisión al estado capitalista y de esclavitud la maternidad elegida y disfrutada, peleando por derechos masculinos mientras se llaman “feministas”, o incluso llegando a la negación de lo biológico y de la evidencia científica, que me van a perdonar pero es innegable. No está al mismo nivel una opinión personal que la realidad tangible, y es esa información la que nos permite elegir. Que nadie que no desee ser madre lo sea, y que quien quiera serlo no sea vilipendiada por quienes se supone que nos defienden, que ya bastante soledad nos cuelga nuestro entorno. Y menos tergiversando la evidencia o mintiendo (por ejemplo sobre lactancia materna) para autojustificarnos ante la culpa autogenerada, ya que ni por asomo la maternidad mamífera ataca a las madres que optan por dar el biberón (muy al contrario). Como apuntaba un día en redes sociales:

“La maternidad desde lo biológico no defiende que las madres se queden en casa con los bebés, sino que las madres puedan elegir hacerlo si lo desean. Porque incluso desde esa óptica, una maternidad obligada no va a ser desde el contacto, y por tanto, no va a ser desde lo biológico. Obligar a las madres tanto a quedarse en casa como a trabajar fuera de la misma es patriarcal, caras de la misma moneda. Al final siempre estamos obligadas a una cosa o la otra. Lo triste es que desde el supuesto feminismo (que no lo es, en cuanto impone, infantiliza e impide la libre elección) se obligue a lo segundo. El feminismo nunca debería ser opresor de ninguna mujer, como lo es desde ese punto de vista de las madres que eligen criar con contacto. Haciendo esto se convierte en machismo, luchando además, irónicamente, por aumentar los privilegios masculinos en forma de equiparación de los permisos de ma/paternidad y convertirlos en intransferibles, ignorando la realidad de que existen muchos tipos de familias, que el que esos permisos paternos se amplíen no garantiza en absoluto la corresponsabilidad (antes hay que trabajar en el cambio de mentalidad, mientras tanto las madres van a seguir cargadas con todo y además obligadas por el “feminismo” a trabajar fuera de casa) y, otra vez, pasando por encima de las madres como si no existiesen como mujeres. Los permisos deben ser ampliados y transferibles, para que cada familia se organice según sus necesidades. El foco ha de ponerse en las empresas, no de nuevo cargar a las madres (y a los bebés). SE PUEDE, pero NO SE QUIERE. El feminismo NO ES ESO que nos venden como tal desde algunos sectores complacientes con el patriarcado y el capitalismo. El feminismo es muy necesario, y debe tener en cuenta a todas las madres.”

-Los gurús masculinos que proliferan hablando de procesos femeninos (gestar, parir, amamantar, ¡incluso menstruar!), desde el paternalismo más rancio (no me refiero a investigadores o divulgadores serios que no hablan ni por asomo desde esta posición), usurpando y erigiéndose en protagonistas incluso en cosas en las que jamás lo serán. Como decía Victoria Sau:“Las mujeres tienen órganos que no sienten como suyos y de los que disponen los expertos en el terreno que sea.”

-Las “nuevas paternidades” que de nuevo se basan en la usurpación y el protagonismo, disfrazado de corresponsabilidad (que siendo real es muy necesaria, pero no se trata de este caso), colándose especialmente por todas partes. Y las mujeres, sin darnos cuenta, aplaudimos, facilitamos que el lobo campe entre nosotras e incluso se coma a alguna de vez en cuando, mientras el depredador llora con lágrimas de cocodrilo y recibe palmadas en el hombro por su falsa sensibilidad y sus inexistentes ganas de revisar sus privilegios. Como decía también en redes sociales:

“¿Qué sientes cuando ves una imagen de un padre haciendo piel con piel con su hijo recién nacido o similares? Mucha gente siente ternura o piensa en corresponsabilidad. ¡Ya era hora de que los padres se implicasen! ¿No? ¡Que además el bebé necesita al padre, que somos todos iguales! Otras personas, que además tenemos conocimientos de psicología y neurobiología, nos llevamos las manos a la cabeza, porque no, no es igual el padre que la madre para ese bebé (como hemos visto, esto dista de ser una opinión, está más que contrastado, con datos objetivos y estudios). Si además somos feministas, nos las llevamos el doble, porque vemos claramente que esa pretendida “igualdad” en lo biológico (que no es tal) ignora la verdadera igualdad en todos los demás aspectos.

Piel con piel para la foto sí, sentirse ofendido porque se quiere formar parte de la lactancia (y no facilitando, sino dando biberones) sí, querer que el bebé duerma en su cuna por celos, también, pero ya si hablamos de encargarse de todo lo demás que no requiere usurpar y que no interfiere con la biología, eso mejor se lo dejamos a las madres, como siempre. Y éste es el trasfondo de este asunto: la usurpación. El protagonismo grabado a fuego por la sociedad patriarcal, la envidia de útero, la necesidad de hacer desaparecer a la mujer y sobre todo a su sexualidad. La necesidad de aplauso por ello, además. ¡Y qué padrazo, oiga! Todo el mundo le hace la ola por robar ese vínculo primario esencial para la salud mental de su hijo y de la madre, mientras ella carga con todo en silencio, sin aplausos, porque es lo normal y a ella hay que invisibilizarla. No habrá cosas que pueda hacer el padre sin interferir en cosas tan importantes, y además sin necesidad de foto.

Por supuesto no hablo de los casos en los que la madre está en situación crítica o no puede realizar el contacto piel con piel tras el parto por cualquier otra razón y ahí está al menos el padre (si lo hay, que damos muy rápido por hecho que todas las familias son de corte patriarcal). Hablo de los, cada vez más abundantes, casos de machismo con pátina igualitaria, disfrazados de sensibilidad, de “nuevas paternidades”, de conciencia que, en cuanto se cuestiona con un par de datos científicos y algo de cordura, desaparece para dar paso a la victimización o el ataque sibilino. ¡A ver si no voy a tener yo derecho a estar con mi bebé y además a pedir mi medalla! Porque el privilegio masculino no se toca, y por mucho que en estos casos pase por encima de los derechos de madres y bebés, cuestionarlo te pone paradójicamente en posición atacante, cuando se trata de defensa ante el ataque patriarcal previo y lo que se pide es que éste no se produzca. Evidentemente no hablo de los padres realmente corresponsables (que son los que también se indignan ante esa foto), y es muy cansado tener que aclarar esto cada vez que se pone palabras a la defensa contra las agresiones machistas y adultocentristas. Cuando hablamos de ataques machistas no estamos atacando a los hombres, ni hablamos de todos, ni queremos estar por encima de nadie. Es demencial tener que estar aclarando esto de modo constante.

Lo peor es que no sólo es lo que les pasa a ese bebé y a esa madre o el caso aislado en sí. Lo peor es esa foto. Lo peor es que normaliza, que nos hace ir integrando que da igual, aunque luego no sepamos ver que esto es lo mismo que cuando ponemos el grito en el cielo con los vientres de alquiler, con los permisos intransferibles, con las custodias compartidas impuestas o con la violencia de género y hacia los bebés y niños. Esa foto contribuye a que cada vez más el protagonismo masculino en forma de agresión, su aplauso, su privilegio que pasa por encima de los derechos y necesidades ajenas, o incluso de su salud mental y física, sea algo incuestionable. Ahí estamos, aplaudiendo al “padrazo”, al hombre “que se revisa” que en realidad no sólo no se ha revisado un ápice sino que juega al lobo disfrazado de cordero, colándose por las rendijas, aprovechando nuestra empatía y nuestra ceguera, dando una nueva forma al ataque patriarcal, más difícil de detectar y cuestionar, y por tanto, mucho más peligroso.

Del mismo modo, no necesitamos fotos de padres porteando (o cualquier otra cosa) para ser aplaudidos (mientras las de madres pasan desapercibidas), ni lactancias compartidas en aras de la “igualdad” ni nada parecido. Si eres corresponsable, cambia pañales sin esperar medallas, mima y cuida de la madre para que lo biológico ocurra. Menos protagonismos, menos patriarcado disfrazado de consciencia y dejemos de difundir y normalizar estas imágenes que distan de ser inocentes, que no nos damos cuenta pero al final le ponemos la alfombra roja a la usurpación y al patriarcado feroz. Nadie les impide ser corresponsables ni es de aplauso serlo, es lo que debería ocurrir siempre. Y eso no pasa ni por asomo por arramplar con lo biológico.

Pero ahí seguimos, dando espacio al padre, aplaudiendo estas imágenes, que quede muy claro que no les “discriminamos”, como si tuviésemos que aclarar algo nosotras, como si ellos no tuviesen desde hace siglos su espacio y el de las demás, como si no fuesen las madres las que siguen solas y apaleadas, como si no fuesen los bebés y los niños los que son siempre ignorados en sus necesidades básicas de desarrollo. Aquí lo que importa es que el padre usurpador no se ofenda y siga en su trono. Porque los hombres que no usurpan no lo hacen, y de hecho entienden perfectamente lo que estoy diciendo.”

Debemos tener cuidado con todas estas formas de represión patriarcal, especialmente con las que pasan más inadvertidas. Las madres necesitamos sosten, los bebés necesitan una diada sólida y saludable, lo último que le hace falta a este mundo es más enfermedad en forma de destrucción del origen de todo: la sexualidad femenina y lo maternal. Como dice Casilda sabiamente: debemos luchar por un feminismo de la recuperación. Y no permitir de ningún modo que el patriarcado, ya sea desde lo evidente o desde lo sibilino, nos fagocite a nosotras y a nuestros pequeños.

Laura Perales. Psicóloga y madre.
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