Lo que proyectamos en nuestros hijos

Una de las cosas que peor llevo en este camino de aprendizaje continuo es ver lo normal que es frustrar a los niños constantemente, porque cada vez me doy más cuenta de ello. En actos cotidianos y por lo general sin ninguna maldad, más bien al contrario, o de modo inconsciente. Pero cuanto daño se hace…porque una estructura psicológica dañada no necesita de grandes traumas (tal y como los vemos los adultos), se forma poquito a poquito con esas pequeñas cosas, ese día a día, esa represión de sentimientos, manipulación, chantaje…

Cada vez que salgo de casa veo algo de esto. Me atrevería a decir que cada vez que veo un niño fuera de mi casa o del colegio de mi hijo (donde afortunadamente no les tratan así) lo veo. Y se me rompe el corazón.

Hace unos días, parque del Retiro: Una niña se cae al suelo y se golpea una rodilla. Sus padres si no le dijeron 200 veces “venga, no pasa nada” no se lo dijeron ninguna. Una mantera que había al lado vendiendo pulseras le dijo a la niña “venga, eres fuerte”. Todos con buenísima intención, pero la niña estaba en el suelo diciendo “pero a mi me duele”, mirando hacia arriba con una cara de soledad inmensa mientras todo el mundo negaba sus sentimientos. Aprendiendo a no darles importancia.

Un poco más adelante: Un niño en plena rabieta que recibe como respuesta adulta un “a que me enfado yo”. Es decir: no te enfades porque tu rabia no debe ser expresada, si tu expresas rabia yo me enfadaré, por lo tanto reprimela. Siéntete culpable por sentir. Guárdate constantemente tu rabia bajo tus ganas de agradarme y serás una persona muy amable en apariencia con una base de rabia hacia los demás reprimida y dispuesta a saltar.

Ayer en el tren: Una niña de unos 4 años va sentada con su madre y dos amigas de esta. Pasamos por una zona de El Pardo en la que se ven siempre gamos, vemos un grupo grande de ellos y las adultas empiezan a decir que han visto los “ciervos”. La niña se lamenta triste porque dice que ella no los ha visto. Las adultas se ríen diciendo “ay la pobre, que no los ha visto”. Que si, que “la pobre”, pero la niña está viendo que os reís de lo que siente y dice. Que no es gracioso, que esa niña estaba triste, que porque un niño sea pequeño no hay que tratarle del modo “que rico y que gracioso, mira lo que dice”, sino con respeto.

Entonces las 3 adultas se pusieron a hablar entre ellas, pulsando el botón de “modo niño off”, ignorando a la niña. Era como una pantalla casi visible físicamente entre ellas y la niña. He visto tantas veces esa pantalla…

La niña, como era de esperar, comenzó a decir “mamá…mamá..mamá…”, mientras las otras tres no daban signo alguno de saber que existía. La niña diciendo “habláis mucho, yo no hablo tanto todo el rato”, y ni caso. Al final, ante la insistencia de la niña, la madre, visiblemente exasperada, le dijo que qué quería. La niña le pregunto a qué estación iban, pero lo que estaba diciendo constantemente con otras palabras era MAMÁ, ESTOY AQUÍ. La madre le contestó secamente y siguieron hablando entre las adultas.

No pasaron ni 30 segundos: “mamá, mamá, mamá…quiero agua” (¡mamá, que estoy aquí!). Las tres contestaron a la niña diciéndole que “así no se pide”, “que pidona” (acompañado de risitas, pero lo dicho dicho está), “pídemela por favor”. Juego de poder. Y siguieron hablando.

A los 5 segundos: “mamá, mamá, cuando nos bajemos ¿a que puedo bajar como una pelota?”. A mi se me dibuja una sonrisa. Su madre en cambio le dice: “si, si te pones en el pasillo cuando frene si que sales como una pelota despedida”. La niña se ríe ante la ocurrencia, la madre le dice enfadada que no se ría, que no es gracioso si le pasa eso. La imaginación, la complicidad y el respeto se van a tomar un café para no volver.

Van llegando a su estación y la niña se pone a jugar con un caballito de juguete ya que estaba sola. Simplemente trotando el caballito en el borde de la ventana del tren, sin hacer ruido, sin molestar, resignada. Pero no fue bastante para la madre, que le dijo: “deja el caballito de una vez o lo guardo”. Una madre cuya coraza personal le impedía contactar con su hija y que le hacía despreciar cualquier manifestación de felicidad, juego, presencia o imaginación de la niña, seguramente porque ella sufrió lo mismo y no es capaz de ver cómo lo reproduce con su hija.

Esto es lo que se ve por las calles. Qué no pasará tras los muros de las casas. No me refiero ya a lo que es visto abiertamente como maltrato como pegar a los niños, abusar de ellos o gritarles (incluso a veces ni es visto como tal), que por supuesto afecta, pero a veces no es necesario que pase nada de ello. Son estas pequeñas cosas tan cotidianas las que poco a poco van minando la salud de nuestros hijos. Las que van acorazándoles rígidamente. Las que van robándoles la vida.

Si ya me entristece profundamente ver esto en la gente “normal”, aun me entristece más ver o leer este tipo de cosas en tantísima gente supuestamente de nuestra cuerda. La base de esto es el RESPETO al niño y el saber adaptar nuestro comportamiento a lo que el niño comprende según la etapa del desarrollo en la que se encuentre. Si perdemos eso de vista, si limitamos esto a dar teta (además sin incidir en la importancia del contacto visual y el ESTAR, no dar teta simplemente como alimento por ser beneficioso y dar teta con esa pantalla de la que hablaba antes sin contactar con el niño), a portear porque es muy cool…NO estamos criando ni con apego ni con respeto. Esto no es una moda, es una responsabilidad.

Es tan importante integrar los conocimientos (no sólo leyendo o formándose…hay que llegar a integrarlo, a comprenderlo realmente) como la terapia personal. Para hacer terapia personal no hay que haber vivido grandes traumas. Como podéis ver en esta misma entrada, un niño, un adulto, una persona ya está dañada simplemente con estas pequeñas cosas. Vivimos en una sociedad enferma y todos, absolutamente todos estamos dañados. Sin terapia podemos esforzarnos todo lo que queramos, pero en los momentos de estrés saldrán nuestros demonios. Haremos cosas de modo inconsciente que nosotros no percibiremos pero si el niño.

Esto no va únicamente de nosotros. Va de nuestros hijos. Va del cambio necesario para el mundo. Va de acabar con el patriarcado. Y para esto tenemos que hacer un ejercicio de honestidad (superando la barrera psicológica que en muchos casos impide hacerlo), identificar nuestros errores y luchar por cambiarlos, diciendo a nuestros hijos que lo sentimos para empezar con cada cosita que se escape, pero también integrando conocimientos sin cesar de aprender y sanando mediante terapia personal.

No dejemos que nuestros fantasmas personales sean lo que somos, ni dejemos que se instalen en nuestros hijos.

Laura Perales Bermejo
Mamá y Psicóloga

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