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Consecuencias de una baja maternal insuficiente

En España las mamás “disponemos” de 16 semanas de baja por maternidad. Casi parece que tenemos que dar las gracias por ello, cuando se trata de un derecho y es absolutamente insuficiente. Pero lo más grave es que además una baja por maternidad mucho más prolongada es una necesidad, no sólo para que la madre se recupere y se adapte, es esencial para el niño.

El bebé necesita contacto corporal, afectivo y emocional con la madre. Ese contacto permite que surja el vínculo que va a permitir desarrollo y maduración psicoafectiva y de los procesos neuronales.

Hasta los 6 meses la madre y el niño son uno, la madre es un continuum de sí mismo. A partir de los 6 meses hay una progresiva individuación que debe percibirse como segura y aun dependiente de la madre para que el niño vaya poco a poco explorando cada vez más desde esa base segura y adquiera una independencia sana y real. Separarles puede producir una escisión del yo como defensa vegetativa, que puede desembocar en una estructura psicótica. Por ello la baja por maternidad debería ser como mínimo de 6 meses.

Además los 6 meses es el mínimo marcado por la OMS para la lactancia materna (recomendando seguir por lo menos hasta los 2 años). Una baja por maternidad de menos de 6 meses claramente interfiere en este punto, muchas lactancias se ven finalizadas bruscamente o al menos afectadas con las consiguientes posibles consecuencias psicológicas para los niños que ven interrumpido abruptamente aquello que les proporcionaba  placer, seguridad, alimento y vínculo durante su fase oral. Esto puede originar una futura estructura border line, problemas con adicciones de todo tipo (bebida, juego, sectas, etc). No en vano la generación del biberón ha terminado por ser la generación del botellón y del coma etílico.

Desde la concepción y hasta más o menos el primer año el niño se encuentra en el período crítico biofísico descrito por Reich, es decir: en un período de gran vulnerabilidad en el que además por ausencia de defensa cortical (debido al aun incompleto desarrollo cerebral) todo impacto incide en el sistema vegetativo o en el cerebro emocional. A más pequeño el bebé más daño se produce, pudiendo llegarse a producir una inversión en el sistema nervioso vegetativo, pasando de una tendencia a lo parasimpático (tendencia al placer y a ver el mundo como placentero. El organismo se expande hacia el entorno) a lo simpático (tendencia al estrés, a la contracción. El organismo se retrae), incluso acompañada de biopatías.

Antes de los 3 años los niños no comprenden la temporalidad. No entienden que les digamos que vamos a volver luego, o que va a ser poco tiempo. Sencillamente mamá y papá dejan de existir cuando desaparecen. Se sienten abandonados, rechazados, indefensos, y eso pasa factura, pasando a percibir el mundo como un lugar hostil, condicionando las relaciones sociales, amorosas y su propia percepción durante el resto de su vida.

Sobre los tres años los niños suelen estar preparados para el jardín de infancia, al haber desarrollado ya la capacidad de entender que la madre aunque se vaya luego volverá y además facilitando que surja una relación de apego con la cuidadora (con una adaptación adecuada con la madre presente el tiempo que sea necesario). Por lo tanto y dada la situación económica y laboral actual en la que a las mujeres se les vende una falsa liberación consistente en que no pueden elegir ya que la economía familiar suele requerir que ambos cónyuges trabajen a jornada completa, la baja por maternidad debería de ser de 3 años.

No es cierto que los niños “necesiten socializar” antes de los 3 años con otros niños. Esto es un mito creado en base a la justificación para dejarlos en la guardería. El niño hasta esa edad está en plena fase egocéntrica, el mundo gira en torno a él y percibe a los demás niños como objetos. Es a partir de los 3 años cuando comienza a percibirlos como iguales

Muchos trastornos psiconeuróticos y de la personalidad humana se corresponden con una alteración de la aptitud para establecer vínculos afectivos debido a un desarrollo defectuoso durante la infancia o a una alteración posterior. En los psicópatas no hay capacidad para establecer y mantener vínculos afectivos o esta capacidad está trastornada. Es frecuente que su infancia haya estado profundamente alterada por el fallecimiento, divorcio o separación de los padres, o bien por otros acontecimientos que dieron lugar a la ruptura de vínculos (como la separación temprana de los padres durante la mayor parte del día o muchas horas al verse forzados los padres a dejarles en una guardería). Los pacientes suicidas o los que lo intentan presentan una incidencia muy elevada de pérdida de seres queridos durante la infancia. La depresión también está asociada a estas pérdidas.

A esto hay que añadirle que por desgracia el embarazo y la maternidad son vistos como una lacra por las empresas, afectando al estado de ánimo de la madre por miedo a que la despidan por quedarse embarazada, a que la despidan al reincorporarse al puesto de trabajo…con el consiguiente estrés fetal o estrés materno tras el nacimiento que por supuesto afecta al niño en esta fase tan vulnerable. De igual modo aparece en las madres la culpa por dejar a los niños en la guardería obligadas por la situación, culpa que a veces se transforma en agresividad o un estado “a la defensiva”, que igualmente afecta al bebé.

No es suficiente el cuidado físico. Estudios de Spitz y Harlow demostraron que es esencial el contacto afectivo y que sin él el bebé puede incluso morir.

Respecto a Spitz:

“La manifestaciones clínicas: dependerán de la edad y características del niño como pueden ser la vulnerabilidad, la intensidad de la carencia y la duración de la separación. Los aspectos más importantes son:  

1. Alteraciones alimentarias: anorexia, poco interés por la comida. Robert Debré distingue entre hambre, en el aspecto fisiológico y hambre, o apetencia, que es más psicológica. Bulimia, que a veces sirve como compensación. Marasmo, en el que el niño rechaza una parte de el alimento y una pequeña parte de lo que ha tomado es reutilizado mediante una especie de rumiación en la que el lactante se concentra y se desconecta del mundo exterior.  

2. Alteraciones del ritmo de sueño: insomnio, hipersomnia.  

3. Mayor sensibilidad a las infecciones, (especialmente ORL) independiente de las condiciones de higiene.  

4. Retrasos de crecimiento, no imputables a una falta nutricional. 

5. Retraso en el desarrollo psíquico: retraso en las grandes funciones instrumentales (motricidad, inteligencia, lenguaje pobre). Desfase entre el lenguaje verbal y no verbal. Retrasos en el plano relacional y afectivo. Escaso interés por el entorno: apatía, repliegue sobre sí mismo, falta de interés y de actividad en los juegos, higiene deficiente, manifestaciones autoeróticas, a veces estupor catatónico, repugnancia a tocar objetos. Escasa capacidad de cooperación. De los 91 casos de hospitalismo que estudió Spitz, el 37,5% de los niños habían muerto antes de cumplirse el segundo año.  

Hizo el seguimiento de 21 de estos 91 niños hasta los cuatro años de edad, y obtuvo los siguientes datos: 20 niños de esa edad estaban imposibilitados de vestirse solos; 

15 niños no habían alcanzado incorporar los hábitos higiénicos sino en una forma insuficiente; 6 de ellos no tenían aún la posibilidad de controlar esfínteres. Respecto al  desarrollo del lenguaje: 6 de los niños no podían pronunciar ninguna palabra; 5 niños tenían vocabulario compuesto por sólo dos palabras, mientras que sólo uno de ellos podía construir algunas frases.  

Estudios posteriores de Bowlby confirmaron estos resultados. 

Depresión anaclítica (Spitz) :

Hace referencia al estado de estupor en el que se sumerge el niño que ha sido privado bruscamente del afecto maternal. Su existencia fue demostrada por Spitz en niños de más de 6 meses. 

En el primer mes los niños se vuelven llorones, exigentes pegan al observador que está contacto con ellos. En el segundo mes los llantos se transforman en gritos. Hay una pérdida de peso acelerada. El proceso de desarrollo se para. En el tercer mes hay rechazo al contacto y una postura característica que es la de permanecer mucho tiempo en posición boca abajo en el cuna. También insomnio; pérdida de peso, una mayor sensibilidad a las enfermedades. Retraso motor intenso. Rigidez de la cara y de la expresión facial. 

Después del tercer mes: la inmovilidad de la cara es estable y persistente. Los llantos disminuyen y son reemplazados por gemidos extraños. El retraso mental aumenta y llega a una situación letárgica. Si antes de un período crítico que se sitúa entre el segundo y el quinto mes se vuelve el niño a su madre el resultado es espectacular. Una de las condiciones necesarias para el niño cambie su expresión es que haya tenido buenas relaciones maternas con anterioridad. Tanto el síndrome del hospitalismo como la depresión anaclítica muestran la importancia en la relación madre hijo para un buen desarrollo psico-afectivo, siendo el período de 8-18 meses el más crítico. 

Así mismo, las investigaciones de Bowlby y Ainsworth evidencian tanto la universalidad del apego como la importancia de un apego seguro para un desarrollo sano:

La necesidad de bebé de estar próximo a su madre, de ser acunado en brazos, protegido y cuidado ha sido estudiada científicamente.

La experiencia de su trabajo en instituciones con niños privados de la figura materna condujo al psicólogo John Bowlby a formular la teoría del apego.

El apego es el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus cuidadores o figuras de apego (Caregivers) y que le proporciona la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo de la personalidad. La tesis fundamental de la Teoría del Apego es que el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto (persona con que se establece el vínculo).

El apego proporciona la seguridad emocional del niño: ser aceptado y protegido incondicionalmente.

El apego tiene una serie de características comportamentales:

• Esforzarse por mantener la proximidad con la persona con la que se está vinculada

• Resistirse a la separación sintiendo ansiedad, desolación y abandono ante la pérdida

• Mantener un contacto sensorial privilegiado con la figura de apego

• Usar la figura de apego como base de seguridad desde la cual poder explorar el mundo físico y social

• Refugiarse en la figura de apego en momentos de tristeza, temor o malestar, buscando en ella apoyo y bienestar emocional. 

Existe una clasificación de tipos de apego que se ha construido con base en la técnica de situación extraña diseñada por Mary Ainsworth. Se establecen cuatro categorías:

• Apego seguro: Se da en el 65% de los bebés. Los bebés con este tipo de apego exploran de forma activa mientras están solos con la figura de apego, y pueden intranquilizarse visiblemente cuando los separan de ella. A menudo el bebé saluda a la figura de apego con afecto cuando regresa, y si está muy inquieto, tratará de entrar en contacto físico con ella. Estos bebés son sociables con extraños mientras la madre está presente.

• Apego resistente: Se da en un 10% de los bebés. Los bebés con este tipo de apego tratan de mantenerse cerca de la figura de apego y exploran muy poco mientras ella está presente. Se inquietan mucho cuando ésta se marcha, pero cuando regresa su reacción es ambivalente: permanece en su cercanía, pero pueden resistirse al contacto físico con ella mostrándose molestos por el abandono. Se muestran sumamente cautelosos con los extraños, aún en presencia de la figura de apego.

• Apego evasivo: Se da en un 20% de los bebés. Los bebés con este tipo de apego muestran poco malestar cuando son separados de la figura de apego y generalmente rehuyen de ella cuando regresa aunque ésta trate de ganar su atención. Suelen ser sociables con los extraños pero pueden ignorarlos de la misma forma en que evitan a su figura de apego cuando regresa.

• Apego desorganizado/desorientado: Se da entre un 5 y un 10% de los bebés. Es una combinación de los patrones de apego resistente y apego evasivo. El bebé puede mostrarse confuso permaneciendo inmóvil o acercarse para luego alejarse de forma abrupta a medida que la figura de apego se aproxima.

Los tipos de apego inseguro se dan en madres que rehuyen el contacto físico o emocional con sus hijos, en situaciones de maltrato o en situaciones incoherentes (unas veces las madres demuestran amor y cariño y otras gritan o rehuyen el contacto, a veces llevadas a ello por el estrés). Todo esto es la base de cómo percibirá el mundo el niño, de sus futuras relaciones.

Por ello es de vital importancia que la baja por maternidad sea ampliada con carácter de urgencia. Ni siquiera debería llamarse baja ya que no se trata de una enfermedad, esa es la primera piedra de una concepción de la maternidad como una carga, como algo enfermo, algo que impide vivir la propia vida, extendiendo esto al niño. Es el peso de la cultura el que impone esto, no la naturaleza. Ofrecer “conciliación familiar” con guarderías desde los 0 años es demencial porque la familia desaparece. La maternidad es vida, es maravillosa, es el sistema el que debería adaptarse a las familias y no al contrario, nadamos contra corriente y contra natura y eso puede tener consecuencias muy graves.

Por eso desde aquí apoyo esta reivindicación de lo que debería ser obvio, esto es lo mínimo, ya que la “baja” debería ser de 3 años:

baja maternal

https://www.facebook.com/DereitoACrianza

Laura Perales Bermejo
Mamá y Psicóloga infantil. Orientación reichiana, humanista, teoría del apego.
Colegiada M-26747

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